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Uno de mis libros favoritos de la Biblia es el libro de los Salmos. Este libro es una compilación de cánticos, poemas y oraciones con temas que van desde la gratitud hasta el arrepentimiento. Algunos de los escritores expresaron sus sentimientos y pensamientos de una manera tan íntima y personal que es como si estuviéramos leyendo un diario. A través de sus palabras, podemos sentir la profundidad de sus emociones, sus luchas y su devoción a Dios, lo que convierte a los Salmos en una fuente rica de consuelo, reflexión y conexión espiritual.

Este año, inicié leyendo y estudiando este libro, lo he leído tan lento como he podido, tratando de entender y digerir lo que leo, estudiando el contexto y poniendo énfasis en lo que el autor estaba atravesando en el momento que lo escribía.
El Salmo 27 siempre ha sido uno de mis favoritos, pero al leerlo de nuevo, de pronto parece haber adquirido otro sentido. Un solo versículo hizo que me detuviera y me regresara varias veces hasta comprender cuán profundo y rico es su contenido.
El Salmo 27:1 dice:
“Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?” (RVR1960)
El salmo 27 es un cántico de confianza que escribe David en el que claramente podemos notar que hace una declaración de seguridad y certidumbre de que Dios lo ayudará en cualquier situación. Hay 3 componentes que resaltan en este versículo: Luz, Salvación y Fortaleza, todos ellos seguidos por una pregunta retórica: ¿De quién temeré?
Hay mucha simbología detrás de cada versículo escrito en la Biblia que habla sobre la luz. En algunos casos se refiere a la justicia de Dios, en otros a la salvación, en otros a la santidad, la paz, el bien, la rectitud, etc. Pero, sobre todo, se refiere a Jesús; el hijo amado que sería enviado para salvación y justificación de los hombres.
En los primeros versículos del Evangelio de Juan, leemos que Jesús es la luz verdadera que venía a este mundo a alumbrar a todo hombre (Juan 1:9). Era la Luz que había anunciado Isaías que venía a resplandecer (Isaías 60:1). Son varios los versículos en los que encontramos a Jesús refiriéndose a sí mismo como la luz:
- Juan 12:46 – “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no perezca en tinieblas”.
- Juan 9:5 – “mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.
- Juan 8:12- “Otra vez Jesús habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.
Hay un constante y significativo uso del contraste que existe entre la Luz y las tinieblas, no solo porque resulta obvio que son opuestos y como tal, no se mezclan, ni se atraen, ni se ponen de acuerdo. En realidad, en toda la Biblia habrá un énfasis en establecer los límites y la separación entre ambos conceptos. En el capítulo 1 de Génesis, encontramos a un Dios creador determinando que la Luz era buena y la separa de las tinieblas. (Gen. 1:3-4). Eventualmente, se estableció este contraste Luz-Tinieblas para referirse al estado espiritual del hombre como Santidad (luz)-Pecado (tinieblas). Todos los versículos que hemos leído anteriormente, reconocen que hay una separación indiscutible entre ambos conceptos, sobre todo, se establece que en el platillo de la balanza, la luz tiene un peso mayor.
Efesios 5:13 dice: “Más todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas porque la luz es lo que manifiesta todo”.
C.S. Lewis lo dijo de la siguiente manera: “Creo en Dios como creo que ha salido el sol: no solo porque lo veo, sino porque con Su luz, puedo ver todo lo demás”. En el Salmo 27, David está expresando un canto de confianza porque tiene la certeza de que tiene la ayuda infalible de Dios. Hay una seguridad de que, si Dios es la Luz y esa Luz está en él, nada podrá hacerle frente.
Con Su luz, Jesús lo ha manifestado todo. Él venció a los poderes y fuerzas espirituales a través de la cruz, desarmándolos y obligándolos a desfilar derrotados ante el mundo (Col.2:15). Él es la luz que abre nuestro entendimiento y nos permite conocer la verdad que nos hace libres (Juan 8:32). Es por Su luz que nosotros vemos la luz (Salmo 36:9). Es la luz que resplandece y señorea sobre las tinieblas (Juan 1:5). Él nos da vida juntamente con Él y perdona nuestros pecados. Por lo tanto, por estas y muchas otras razones, David termina preguntado ¿De quién temeré?
Una pregunta retórica no necesita respuesta porque está implícita, es decir, no se necesita explicación porque se sobreentiende que la respuesta ya está incluida en la pregunta. Cuando David pregunta “¿De quién temeré?” o “¿De quién he de atemorizarme?”, la respuesta implícita es: DE NADA Y DE NADIE. Jehová es mi luz y mi salvación. Jehová es la fortaleza de mi vida. Él es el camino, la vida y la verdad. Él es mi Redentor, mi pronto auxilio en las tribulaciones. Él es la paz y la esperanza. Él es el restaurador de mi alma y el sanador de mi cuerpo. Él es mi estandarte, mi proveedor, mi roca firme. ¿De quién temeré?
Cuando el Apóstol Pablo tuvo un encuentro con aquella luz -literal y espiritualmente- en el camino a Damasco, su vida cambió para siempre (Hch. 9). Lo curioso es que, a pesar de que sus ojos físicos fueron cegados por el resplandor de la luz, sus ojos espirituales fueron abiertos manifestando una nueva realidad. A eso es lo que se refiere en Efesios 5:13 cuando dice: “Más todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas porque la luz es lo que manifiesta todo”. La luz de Cristo fue lo que trajo claridad a su mente. Bajo aquella luz encontró su verdadero propósito y fue fortalecido para sobrellevar las pruebas y tribulaciones que enfrentaría en la vida.
a luz de Cristo trajo a Pablo la visión para ver más allá de las circunstancias inmediatas, revelándole que su vida y su misión estaban en las manos de un Dios soberano y fiel. De manera similar, en Romanos 8:35, Pablo plantea una pregunta retórica que resuena con la misma certeza y confianza qu del salmista David expresa en el Salmo 27: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?”. La pregunta no busca una respuesta inmediata, ya que la respuesta es implícita en la seguridad que Pablo tiene en el amor De Dios. Más adelante – y para beneficio de los que no entendían una pregunta retórica- termina diciendo: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 8:38-39)
Tanto el salmista David como el apóstol Pablo compartían una relación profunda con Dios. Ambos conocían Su carácter, Su fidelidad y Su misericordia, y confiaban plenamente en que Su amor los sostenía en todas las circunstancias. Este conocimiento y seguridad en Dios les permitieron enfrentar cualquier prueba o dificultad con una fe inquebrantable.
Solo aquel que tiene un conocimiento personal y seguro de quién es su Dios puede preguntar con la misma confianza que el salmista: “¿De quién temeré?”. Esta certeza no proviene de una fe ciega o superficial, sino de una relación íntima y probada con el Creador, que da fuerza en la debilidad, esperanza en la desesperación y paz en medio de la tormenta. Así como Pablo y David, nosotros también somos llamados a confiar en el amor inquebrantable de Dios, sabiendo que nada en esta vida puede separarnos de Él.
Referencias:
Lewis, C. S. (2001). Mero Cristianismo (1a ed.). Ediciones Sígueme. (Original work published 1952)