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Hay mucho que podemos decir sobre la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas. Sin duda alguna, Su presencia es esencial para conocer a Jesús, para crecer y madurar en el conocimiento de Él y para cumplir con la gran comisión de llevar el Evangelio a todas las naciones que nos fue encomendada.
Al hablar del Espíritu Santo, es imposible no recordar el día de Pentecostés, descrito en Hechos capítulo 1, en donde se nos muestra a Jesús empoderando a sus discípulos con el Espíritu Santo para que sean testigos y prediquen hasta lo último de la tierra. Sin embargo, antes del Pentecostés, los discípulos ya habían recibido la comisión de predicar el Evangelio, como lo vemos en:
Mateo 28:19 – “Id y haced discípulos a todas las naciones.” . En Marcos 16:15 – “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” y en Lucas 24:46-47 – Jesús explica que su muerte y resurrección eran necesarias para que se predicara en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones.
También, en Juan 14:26 Jesús promete que el Espíritu Santo ayudará a los discípulos a conocer al Padre, indicando la importancia de una guía divina en su camino espiritual. En Juan 16:7-11, Jesús les dice que el Espíritu convencerá al mundo de pecado, justicia y juicio, destacando su responsabilidad de llevar la verdad a la humanidad. Finalmente, en Lucas 11:9-13, Jesús asegura que el Padre dará el Espíritu Santo a quienes lo pidan, enfatizando la generosidad de Dios al responder a las súplicas de sus hijos. La gran comisión y la promesa del Espíritu Santo fueron temas recurrentes durante su caminar con los discípulos, subrayando la conexión íntima entre el creyente, su misión y la guía del Espíritu.
En Juan 20:19-23, encontramos un momento clave en la historia de la iglesia. Antes de leer el pasaje, es importante recordar el contexto: Jesús había muerto en la cruz, su cuerpo había sido sepultado y sus discípulos estaban desorientados y temerosos. Sin embargo, al tercer día, algunas mujeres encontraron la tumba vacía y Jesús se apareció a María, dándole instrucciones de informar a los demás que había resucitado.
Veamos lo que dice Juan 20:19-23: «Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.»
Aquí encontramos una escena similar a la gran comisión de los otros Evangelios, pero con un detalle distintivo: Jesús sopló sobre los discípulos y les dijo que recibieran el Espíritu Santo.
El verbo «sopló» que aparece en este pasaje solo se menciona una vez en todo el Nuevo Testamento. Su significado es profundo, ya que es el mismo término usado en Génesis 2:7, cuando Dios sopla aliento de vida en Adán. Así como Dios creó vida en el principio, ahora Jesús estaba iniciando una nueva creación espiritual en sus discípulos. El Espíritu Santo era el don esencial para cumplir con la misión encomendada. Sin Su guía, poder y dirección, la gran comisión sería imposible de llevar a cabo.
Para entenderlo de forma práctica, podemos ilustrar el trabajo del Espíritu Santo con la imagen de un dandelion (diente de león). Esta pequeña, pero resistente planta, cuya flor es de color amarillo brillante y se agrupa en una especie de círculo. Aunque no es mi intención darte una clase acerca de la composición de la planta, si considero necesario darte algunos detalles muy importantes, por ejemplo: cuando las flores se marchitan, se transforman en una bola de pelusa blanca llena de pequeñas semillas que se dispersan con el viento. Seguramente habrás visto que crecen en muchos lugares y rara vez observas a una de estas sola. Pero ¿qué tiene que ver esto con el Espíritu Santo? Nos es necesario observar la obra interna y externa del Espíritu Santo:
1. La Obra Interna del Espíritu Santo
Para que un dandelion crezca, la semilla, que fue llevada por el viento, cae en la tierra, germina, echa raíces y florece antes de que llegue el tiempo de reproducirse. Todo este proceso ocurre sin la intervención humana; es Dios quien provee agua, luz y las condiciones necesarias para su crecimiento.
Así es la obra interna del Espíritu Santo en nuestras vidas:
– Nos elige y nos arraiga en la Palabra de Dios.
– Nos transforma, produciendo el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23), dándonos carácter y madurez.
– Nos equipa con dones espirituales para cumplir con la misión de predicar el Evangelio.
Este crecimiento requiere tiempo, ya que la madurez no llega de la noche a la mañana. Podemos ver este proceso en la vida de los discípulos. Desde el momento en que Jesús les dijo “Sígueme” hasta el versículo en Juan 20 en donde son comisionados con el soplo del Espíritu Santo, pasaron alrededor de tres años de formación en los cuales aprendieron, crecieron y fueron equipados para finalmente ser enviados al mundo.
El trabajo interno del Espíritu Santo en nosotros, aunque parece ser invisible a la vista, es una obra constante y profunda. Su influencia es fundamental en la transformación de nuestro ser. El Espíritu Santo nos guía, nos ayuda a crecer espiritualmente, nos enseña, nos corrige, nos fortalece y nos recordará todas las cosas que Jesús ha dicho (Juan 14:26), modelando nuestra vida para reflejar la imagen de Cristo.
Al igual que el dandelion, donde no es la planta misma la que controla su crecimiento, nosotros tampoco intervenimos en el trabajo del Espíritu Santo. Dios provee todas las condiciones necesarias para que este proceso se lleve a cabo según Su propósito. Al final del día, es Él quien guía nuestra transformación. Su obra se perfecciona, transformándonos de adentro hacia afuera y fortaleciendo nuestra relación con el creador.
2. La Obra Externa del Espíritu Santo
Cuando el dandelion madura, pasa de ser una flor amarilla a una bolita de pelusa, parecida al algodón, que facilita la dispersión de sus semillas. Cuando el viento la sacude, sus semillas son transportadas a nuevos lugares, listas para germinar y multiplicarse.
Del mismo modo, cuando el Espíritu Santo ha transformado nuestro interior, llega el momento inevitable de ser enviados a compartir el Evangelio, un mensaje que no solo ofrece esperanza, sino que transforma vidas mediante la redención. Sin embargo, es crucial comprender que la semilla que llevamos no es para nuestro beneficio personal, sino para el servicio y edificación de otros, actuando como instrumentos de paz y amor en un mundo que a menudo se siente perdido y agobiado por la adversidad.
Un solo dandelion, con la ayuda del viento, puede llenar un campo entero de flores, esparciendo sus semillas en todas direcciones. Así también, un solo creyente lleno del Espíritu Santo puede impactar a todos los que le rodean, llevando el mensaje de salvación y renovación. Lo mismo ocurrió con los discípulos: cuando Jesús sopló sobre ellos y recibieron el Espíritu Santo, su vida fue transformada y comenzaron a llevar el Evangelio, esparciendo la semilla a miles. Ya no eran los mismos; se convirtieron en testigos valientes del Evangelio comenzando en Jerusalén y extendiéndose hasta los confines de la tierra.
Muchos de nosotros ya hemos experimentado la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas. Él nos ha transformado, nos ha equipado y nos ha preparado para vivir de acuerdo con el propósito de Dios. Hemos sido renovados por Su poder, y ahora, más que nunca, necesitamos el soplo del Espíritu que nos impulse a esparcir la semilla del Evangelio con pasión y valentía. Él no nos ha dado Su Espíritu solo para que lo disfrutemos en silencio, sino para que seamos portadores de vida y esperanza en un mundo necesitado.
No podemos retener lo que hemos recibido; el llamado es claro y sigue vigente: predicar el Evangelio a toda criatura. Cuando Él nos guía, somos instrumentos en sus manos, esparciendo su amor, su verdad y su gracia por dondequiera que vamos. La gran comisión sigue siendo nuestra misión, y con el Espíritu Santo como nuestra fuerza motora, no hay límites para lo que podemos lograr para el Reino de Dios.