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Mi esposo y yo enseñamos a nuestros hijos a orar desde que estaban pequeñitos. Al principio, la oración era muy rutinaria, siempre antes de dormir y con la misma estructura repetitiva para que aprendieran a seguir un orden y entendieran el concepto.
Conforme han crecido, ellos han ido desarrollando la forma de expresarse según su personalidad y sus intereses. Por ejemplo, mi hijo mayor tuvo un período en el que simplemente daba gracias por la comida, la ropa y la casa. Luego pasó a una etapa en la que fue más específico y empezó a orar por tacos con salsa verde, un día soleado para ir al parque y por un perrito.
La oración es una herramienta muy personal en la que se involucran todos nuestros intereses, preocupaciones y alegrías. La oración no solo es una forma de catarsis que usamos para desahogarnos, sino que es la forma en la que nos relacionamos y comunicamos con nuestro creador, como lo explica R.C. Sproul (2009): “En palabras simples, la oración ocupa un lugar vital en la vida del cristiano. Alguien podría orar y no ser cristiano, pero no se puede ser cristiano y no orar”
Todos sabemos que Jesús tenía una vida dedicada a la oración, un tema que ha sido estudiado en la iglesia durante siglos. Estoy segura de que podríamos dedicar muchas reflexiones a estudiar y analizar la disciplina, las razones y los beneficios de tener una vida de oración personal, no solo porque así lo aprendimos de Jesús, sino porque la Biblia nos ordena a orar sin cesar. Sin embargo, en esta reflexión me gustaría responder a la pregunta ¿Por Qué Oraba Jesús?, es decir, ¿Cuáles eran sus intereses, sus preocupaciones, sus peticiones? ¿Cuáles eran sus súplicas más profundas?
A pesar de que Jesús llevaba una vida de oración diligente, tenemos muy pocos registros sobre el contenido de sus oraciones. En los evangelios, he encontrado alrededor de cinco ocasiones en las que Jesús ora en voz alta y su oración queda registrada para la historia.
Jesús enseña a sus discípulos a orar. (Mateo 6:9, Lucas 11:1-4)
Uno de los pasajes más conocidos y memorizados dentro del cristianismo es la oración del “Padre Nuestro”. Como sabemos, Jesús estaba enseñando a sus discípulos acerca de la oración, y la importancia de no ser como los hipócritas que oran a gritos y con palabrería para ser escuchados y obtener reconocimiento público, sino que debemos acercarnos en oración a Dios con humildad sabiendo que Él sabe de qué cosas tenemos necesidad. Entonces, procede a enseñar una oración que serviría de guía y ayuda para todos los discípulos que estaban presentes y los discípulos que se añadirían en el futuro.
“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén” (Mt. 6:9-13 RVR1960)
Aunque esta oración fue hecha con propósitos didácticos, Jesús nos enseña que debemos orar al Padre en el Nombre de Jesús y nos muestra por qué cosas debemos orar: para que el nombre del Padre sea en todo glorificado, para que venga su reino, para que sea hecha su voluntad, por nuestras necesidades diarias, por el perdón de los pecados y por protección contra el mal. Cada uno de estos elementos representan, de forma general, aquellas cosas por las que el humano se acerca a Dios en oración.
Jesús ora de regocijo (Mat. 11: 25; Lucas 10:21)
En los Evangelios de Mateo y Lucas queda registrada una breve oración que Jesús hace frente a sus discípulos. Aunque en el libro de Mateo parece ser una oración de lamento, en Lucas encontramos 4 versículos adicionales que nos relatan cómo, después de enviar a los setenta a las ciudades cercanas para anunciar que el Reino de Dios se había acercado, estos regresaron muy emocionados, contando que incluso los demonios se les sujetaban en el nombre de Jesús.
Por supuesto, Jesús les hizo entender que, si bien se les había otorgado autoridad sobre los poderes del enemigo, no debían alegrarse por el hecho de que los espíritus malignos los obedecieran, sino porque sus nombres estaban inscritos en el libro de la vida; ahí residía el verdadero motivo de gozo.
Unos versículos después podemos leer la breve oración de Jesús: “En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Si, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Lucas 10: 21-22 RVR 1960).
Esta oración con perfil testimonial, nos muestra a Jesús reafirmando el cumplimiento de la palabra. Estos dos versículos tienen un gran contenido teológico que merece páginas de análisis y estudio, no obstante, (y temiendo ser simplista), podríamos resumir su enseñanza de la siguiente manera: Primero, Jesús agradece al Padre porque la revelación llega a “los que son como niños”, es decir, sus discípulos. Sin embargo, Jesús es la revelación de la verdad y solo Él puede ofrecer esa revelación a los hombres. Él mismo afirma: “nadie conoce quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” por lo tanto, solo Él comparte este conocimiento de acceso al Padre con aquellos a quienes elige.
Anteriormente, por medio del profeta Isaías, Jehová habló diciendo: “Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy…” (Is. 43:10 RVR1960). Por esta razón podemos decir que en esta oración está testificando que Él era la promesa que Israel estaba esperando y estaban presenciando su cumplimiento. Y, en caso de que los discípulos no hubiesen entendido el contenido de su oración, les reafirma diciendo: “Después, cuando estuvieron a solas, se volvió a sus discípulos y les dijo: «Benditos los ojos que ven lo que ustedes han visto. Les digo que muchos profetas y reyes anhelaron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron; y anhelaron oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron»” (Lucas 10:22-23 NTV).
Al igual que Jesús, nosotros también oramos al Padre llenos de regocijo, dando gracias por Su salvación, Su gracia y Su infinita misericordia. Solo Él fue capaz de abrir nuestros ojos espirituales y mostrarnos al Padre.
Jesús da gracias a Dios por escuchar su oración (Juan 11:40-42).
La resurrección de Lázaro es un acontecimiento que ha resonado a través de la historia y que sigue causando impacto en la vida de los creyentes. En resumen, el Evangelio de Juan nos narra que Lázaro estaba enfermo y sus hermanas enviaron un mensaje a Jesús para informarle. Pero Jesús responde: “esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Juan 11:4). A pesar de ello, en vez de correr y atender el llamado, Jesús se queda dos días más en el lugar donde estaba. De hecho, Jesús sabía que Lázaro ya había muerto (v.11) y se alegra de que los discípulos no estuvieran allí para que creyeran al ver lo que pasaría a continuación.
Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro, y todos lloraban su muerte. Además, muchos se preguntaban cómo Jesús, que había abierto los ojos de un ciego, no pudo evitar la muerte de Lázaro. Sin embargo, Jesús tenía un plan. A pesar de estar profundamente conmovido por la escena de luto, ordenó que se removiera la piedra del sepulcro y entonces leemos:
“Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos en alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado” (Juan 11:41-42 RVR1960).
Esta pequeña oración de Jesús es peculiar por las siguientes razones:
- Da gracias de antemano al Padre por haberlo escuchado. No debería sorprendernos porque Él enseña a sus discípulos que todo lo que se pida en oración, creyendo, lo recibiremos (Mateo 21:22) y que, al acercarse a Dios en oración deberíamos saber que Él sabe de qué cosas tenemos necesidad, antes de que las pidamos (Mateo 6:8). Por consiguiente, ahora simplemente estamos viendo a Jesús practicando lo que predica.
- Asegura que Dios siempre nos oye. Cuando Jesús expresa: “Yo Sabía que siempre me oyes” él mismo explica que hace la oración en voz alta para beneficio de la multitud. Su oración pública serviría de testimonio demostrando que, su oración “privada”, había sido escuchada y sería pronto contestada a la vista de todos.
- Da gloria al Padre. En medio de este acontecimiento histórico, y ya que tenía la atención de todos, usa ese momento para indicar nuevamente: “Para que crean que Tú me has enviado”. Como lo vimos anteriormente, todo lo que Jesús hacía era para mostrar al Padre y mostrar que el Padre lo había enviado. Nunca hizo nada improvisado que se saliera del plan de salvación para la humanidad y el gran milagro que estaba a punto de ocurrir no era la excepción.
Inmediatamente después de que termina de orar, levanta su voz para clamar: “¡Lázaro, ven fuera!» Y aquel hombre, que llevaba 4 días muerto, sale caminando del sepulcro manifestando frente a todos la Gloria y el Poder de Dios.
Hasta aquí hemos observado que el contenido de las oraciones que hizo Jesús en voz alta y que quedaron registradas en la Biblia eran intencionales y llenas de propósito.
- Contenían Enseñanza, Testimonio y Fe.
- Las oraciones de Jesús estaban llenas de gratitud porque el Padre nos había revelado al Hijo.
- Oraba lleno de regocijo porque los grandes misterios que fueron ocultos para los sabios y entendidos fueron revelados ante los ojos de los niños.
- Oraba lleno de Fe porque sabía que el Padre escuchaba sus oraciones aún antes de que Él las pronunciara.
- Oraba testificando del amor y del poder de Dios.
- Oraba a pesar de que sabía lo que habría de acontecer.
- Oraba en voz alta para enseñarnos que debemos pedir que se haga la voluntad del Padre.
- Pero, sobre todas las cosas, oraba para adorar y glorificar al Padre.
Jesús, el Hijo de Dios, oraba impulsado por el profundo amor que tenía por el Padre, pero también por su inmenso amor hacia la humanidad. A través de sus oraciones, vemos reflejada su misión como Salvador e Intercesor, aquel que se acercaba al Padre no solo en obediencia, sino también en compasión por los que había venido a redimir.
En la segunda parte de este tema, exploraremos con más profundidad su papel como intercesor y el impacto de sus oraciones en nuestra vida hoy. ¡Estará disponible pronto!
Referencias.
Sproul, R.C. (2009). Does Prayer Change Things? . Reformation Trust Publishing.